Franklin lo escribió hace más de dos siglos y seguimos tropezando con las mismas tres batallas de todos los días
Guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo son, según el estadista y científico estadounidense, las tres cosas más difíciles de esta vida. Un repaso por cada una de esas peleas internas y por qué, en tiempos de pantallas y notificaciones, siguen tan vigentes como entonces.
Son las nueve de la mañana de un martes cualquiera acá en la zona centro y todavía hay gente caminando apurada con el café en la mano, el celular en la otra y la cabeza en otro lado. Mientras miro el movimiento desde la redacción, pienso en una frase que me cruza cada vez más seguido: hay batallas que llevan siglos ganando los libros y que, sin embargo, nosotros seguimos perdiendo en la fila del colectivo. Una de ellas la puso por escrito, hace más de doscientos años, un tipo que fue imprentero, científico, diplomático y padre fundador de los Estados Unidos. Se llamaba Benjamin Franklin y la sentencia es de las que quedan flotando en el aire: «Las tres cosas más difíciles de esta vida son guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo».
La definición parece simple, casi un latiguillo de autoayuda, pero tiene más miga de la que uno sospecha a primera vista. En realidad, los tres puntos que enumera Franklin apuntan a un mismo lugar: la capacidad de cada uno de nosotros de gobernar sus propios impulsos. Y en un contexto de sobreexposición digital, de redes que premian confesarlo todo y de plataformas que pelean por capturar nuestra atención minuto a minuto, la vigencia de esa observación resulta por lo menos llamativa.
El secreto: cuando callar también es un acto de lealtad
Guardar un secreto implica, en el fondo, renunciar a la pequeña descarga de adrenalina que produce contar algo que los demás todavía no saben. La psicología lo explica bastante bien: revelar un dato reservado genera una sensación pasajera de protagonismo, de estar un paso adelante. Ahora bien, sostener la discreción es también un gesto de respeto hacia quien se animó a confiar algo privado. Cada confidencia, en el fondo, es un compromiso ético que va bastante más allá de la comodidad del momento. En la vida diaria, eso se vuelve más difícil cuando las redes sociales presentan la reserva como algo anticuado, casi como una rareza. callar, en este presente, a veces se siente como nadar contra la corriente.
El perdón: soltar el peso, no borrar lo que pasó
Con el perdón pasa algo parecido y muchas veces se lo entiende mal. Perdonar un agravio no significa justificar el daño ni fingir que no pasó. Significa, en todo caso, decidir uno mismo no seguir cargando con ese peso. El resentimiento consume una cantidad enorme de energía mental: rumia, vuelve, ocupa pensamientos que podrían estar en cualquier otro lado. Soltarlo, en cambio, permite recuperar el control sobre la propia atención y sobre el bienestar personal, que de otro modo quedan atados, como con una correa invisible, a las acciones de un tercero. Marta, vecina del barrio de San Telmo con la que hablé esta semana mientras esperábamos el bondi, me lo dijo con una sinceridad que me quedó dando vueltas: «yo perdoné a mi cuñada hace diez años y todavía me acuerdo, pero ya no me pesa. Eso es lo que cambió».
El tiempo: el único recurso que no se repone
El tercer punto es, para mí, el más crudo de todos. Aprovechar el tiempo parte de una premisa simple y demoledora: a diferencia del dinero o de los objetos, las horas no se recuperan. Franklin describía el tiempo como un activo no renovable y, mirá si no tenía razón. Hoy, además, hay industrias enteras compitiendo de forma activa por capturar nuestra atención el mayor rato posible: cada notificación, cada video corto, cada pestaña abierta es una pequeña pelea por esos minutos que no vuelven. El resultado es bastante conocido: estar ocupado no siempre significa haber avanzado. Hay una diferencia enorme entre la actividad constante y el uso inteligente del tiempo, y esa diferencia la marca la alineación entre lo que uno quiere para sí y las decisiones chicas que se toman hora a hora, las que parecen intrascendentes pero van armando, sin que nos demos cuenta, el dibujo de la semana, del mes, del año.
Los tres desafíos que enumera Franklin, vistos en conjunto, comparten una raíz común: el autocontrol. No se trata de negar los impulsos naturales, sino de ejercitar la capacidad de tomar decisiones conscientes frente a ellos. Una práctica que, según lo que hoy sabemos, no es un rasgo fijo de personalidad sino algo que se entrena, se gasta y se recupera, como un músculo. Por eso, mientras termino esta nota y la pantalla me tienta con un par de pestañas abiertas que prometen «solo cinco minutos», me quedo pensando en lo de siempre: la pelea es de todos los días y, en el fondo, la ganamos en los detalles más chiquitos. Uno espera, al menos, empezar a sospecharlo.
“Las tres cosas más difíciles de esta vida son guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo.”Benjamin Franklin
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